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Ángel
angel.jpgSe ve la silueta de un ángel. La noche está oscura, estrellada. Toma entre sus puños su ala derecha, la aprieta; se desprenden algunas plumas. Mira la luna con sus ojitos puros, limpios, aquellos que se matizan con el azul del mar. Llena de aire sus mejillas pomposas, suspira. Desconcertado, suelta una lágrima que cae hacia su pecho y se acurruca. Tiene apenas seis años, y es un hermoso ángel, un hermoso ángel que quiere volver a ser un niño, pues su vida culminó demasiado pronto.
Comienza a caminar por el muelle, pensativo. No logra observar su reflejo en el agua, y aún así, sonríe. Entre sus ideas no concibe el significado de una mueca, es sincero. Se sienta y alza la vista, no entiende cómo dejarla caer, en su diccionario no figura la palabra “frustración”. Nunca aprendió a mentir.
Ingenuo, pues vivió muy poco, el tiempo le fue escaso para conocer sus derechos, que más tarde le serían violados, y también sus deberes, que con el tiempo ignoraría. Se mueve con la simple voz de su conciencia, con el murmullo de su intuición.
Rencor, nunca escuchó de él, tal vez sea porque la sociedad sólo lo mantuvo en su poder unos cortos años.
Resguarda la fórmula de la paz mundial, la receta contra el terrorismo y las masacres, los pasos a seguir para aniquilar las desigualdades sociales, para contener en nuestras manos un mundo similar al que muchos poetas han aludido, intentando escapar por momentos del que hemos formado erróneamente.
¡No! en vano lectores, abren los ojos agigantados, cuestionándose cómo este pequeño ángel posee conocimientos tan valiosos. Ya les dije antes, tiene seis años; no alcanzó a caer bajo la hipnosis de una educación mediocre, basada en la codicia y el placer absurdo.
Cuán fácil sería sonreír si pudiésemos tener seis años por siempre…
Autoría original del trabajo: Ayelén Yanover, http://www.cuentoz.com
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