Pokémon, el viaje hacia la victoria - Pokemon - Titulares de Noticias
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Pokémon, el viaje hacia la victoria -  Pokemon

Capitulo I

 

-¿Qué tal estás, dormilona? –oyó Patricia que alguien le susurraba. Se levantó de un espasmo y miró a su alrededor.

Un chico de aproximadamente doce años la miraba sonriente. Era moreno, de pelo ondulado y corto. Los ojos eran oscuros pero extremadamente bellos, y la mirada era limpia.

-¿Quién… quién eres? –tartamudeó, pensando en lo sucedido momentos antes de desmayarse.

-Me llamo Pablo, y hace un rato te salvé de unos individuos que te habían atado a un árbol y habían robado a unos pokémon, pero nada importante –dijo, con ironía. Ella sonrió y le dio las gracias.

Momentos después, Patricia estaba perfectamente recuperada y caminaba junto a Pablo através de la ciudad. Ciudad Ocote era una ciudad de abundantes pinos y donde se encuentran las fuentes de agua más bellas de Iburaia. También hay varios centros de aguas termales.

-¿Y cómo hiciste frente a los ladrones de pokémon? –preguntó Patricia, interesada. Pablo, con las manos detrás de la cabeza, mientras caminaban, respondió:

-Bueno, les di una buena sacudida con mi tangela…

-¿Tienes un pokémon? –preguntó ella, con los ojos como platos y quedándose en el sitio.

-Claro –rió él-. ¡Adelante, tangela!

-¡Tangela!

-Vaya… -dijo solamente. De acercó al pokémon para estudiarlo minuciosamente y tras un momento de reflexión, se levantó-. Nunca había visto un pokémon como este… Consultaré con mi nueva pokédex.

“Tangela, el pokémon enredadera. Este pokémon nunca muestra su verdadera forma, ni siquiera a su entrenador. Las enredaderas le sirven para camuflarse, a la vez que para atacar. Éstas también pueden expulsar gases que pueden dormir o envenenar a sus enemigos.”

-Pues sí, ese es mi pokémon. Y por lo que he visto tú también tienes uno.

-Sí –dijo, a la vez que lanzó su pokéball para mostrar a su squirtle.

-Es un magnífico pokémon de agua –dijo, observando como squirtle se sonrojaba.

-Por cierto, ¿qué pasó con Bulbasaur y Charmander? –preguntó Patricia, después de un rato de caminata en el que Pablo le había enseñado los lugares más visitados de la ciudad.

-Los llevé al laboratorio de pueblo Ocote mientras tú estabas descansando. La profesora Ginkya es muy simpática y me dio algo para ti… ¡Oh, no! ¡Lo olvidé en casa! –recordó. A Patricia le dio la impresión de que esta misma escena se iba a repetir mucho.

-Bueno, ya me lo darás cuando volvamos. Mientras tanto… ¿Por qué no echamos un combate? –preguntó Patricia

Pablo la miró de forma curiosa. Después le advirtió:

-Soy muy bueno combatiendo… ¿Estás segura de que una novata sin experiencia podrá vencerme a mí y a mi pokémon? –preguntó, con aires de superioridad como siempre.

-Eso tenlo por seguro –dijo ella, decidida.

-Pues está bien, busquemos un buen lugar para combatir –dijo, sin más preámbulos-. Conozco un buen sitio para combatir: sígueme.

Patricia observó el lugar. Era un gran descampado, con árboles en los alrededores y sin arbustos en los que ocultarse. La tierra estaba casi cubierta de hierba verde y algunas plantas como rosas o matorrales.

Los entrenadores se pusieron a ambos lados del “campo de batalla” y llamaron a sus respectivos pokémon, que se pusieron justo delante de ellos, dispuestos, cómo no, a aceptar las ordenes de su entrenador y realizarlas con gran destreza.

Corría una leve brisa y la hierba del suelo se movía lentamente.

-¡Comencemos la batalla! –dijo Pablo- Te permito que hagas el primer movimiento.

-Muy amable, señorito –dijo ella, sonriente-. ¡Squirtle, utiliza burbujas!

Pablo observó cómo la inexperta tortuga abría su boca y lanzaba algunas azuladas pompas de agua que amenazaban con golpear a su pokémon con tremenda rapidez.

-¡tangela, utiliza tu látigo cepa para explotar esas burbujas! -Su pokémon obedeció y, como en la otra ocasión que utilizo este ataque, los látigos que formaban su cuerpo se lanzaron contra el objetivo, al que destrozó- ¡Genial! ¡Ahora utiliza desarrollo!

-Buena estrategia, pero no te servirá –comentó Patricia entre dientes- ¡Utiliza pistola agua!

Squirtle expulsó por su boca, a grandes chorros, potente agua cristalina intentando evitar que tanguela aumentara sus características con el desarrollo. Tangela, por su lado, comenzó a concentrar energía en su mente y un débil resplandor iluminó su cuerpo brevemente. Poco después, el fuerte chorro de agua de squirtle le golpeó la cara tirándolo al suelo.

-Bien pensado, pero mi pokémon ha cargado su energía especial. ¡Utiliza absorber!

-¡Eso tampoco funcionará! ¡Refugio! –exclamó Patricia.

Squirtle rápidamente, obedeciendo a su entrenadora, se introdujo en su duro caparazón. Tras esto, tanguela lanzó una luz roja desde lo más profundo de sus entrañas que cubrió por completo el caparazón de squirtle, del cual absorbió energía. El rayo rojizo volvió de nuevo a tangela y volvió a introducirse en su oscura piel. Después de esto, tangela volvía a estar en forma y squirtle salió de su escondite para seguir enfrentándose a su enemigo algo más debilitado.

-¡Tangela, duérmelo con somnífero!

Una ráfaga de polvillos de color ocre se acercaba a squirtle, que no sabía qué hacer y esperaba las órdenes de su entrenadora.

-¡Vamos, squirtle! ¡Envíalas de vuelta con giro rápido!

Squirtle se introdujo de nuevo en su caparazón duro como el acero y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo a una velocidad sorprendente, que hacía que el viento girara en otra dirección. Al acercársele los polvos mágicos, estos volvieron a su lanzador y lo durmieron a él.

-¡No, tangela! –exclamó Pablo.

-¡Ahora, golpéale con tu ataque!

Squirtle, que aún estaba girando, se lanzó contra el pokémon dormido y lo lanzó con todas sus fuerzas, dejándolo caer con gran fuerza al suelo. Tangela se despertó del golpe y la batalla no continuó porque…

-Vaya, Patricia… Aprendes muy rápido –dijo sonriente Pablo.

-Sí, pero esto se ha acabado –dijo Patricia. Pablo la miró extrañado-. Tangela y tú tenéis mucha más experiencia que yo y Squirtle. No podremos ganaros, al menos ahora, así que tiramos la toalla. Quizás más adelante…

-¿Más adelante? –dijo, pensativo- Entiendo… Pues vaya Patricia, veo que eres sensata y te has dado cuenta por ti misma –Después de decir esto, soltó una fuerte carcajada, pero Patricia no se lo tomó en cuenta. Después de todo, Pablo era así.

-Bueno, pues volvamos a tu casa y me das eso que la profesora te dio para mí, que tengo que seguir entrenándome. Si no, ¿cómo quieres que venza al líder de gimnasio de esta ciudad?

-¿Luchar contra…? ¡Ah, vale! Pues vamos allá –dijo. Pablo sabía algo que Patricia no sabía, y ella empezaba a sospechar.

Al llegar a casa, Pablo advirtió de que su familia había llegado. Era el mayor de tres hermanos.

-¡Hola familia! –exclamó. Una mujer ahogó un grito: su madre. Era una mujer de aproximadamente cuarenta años, pelo rizado y rojizo y complexión mediana. Era un poco más baja que su hijo y los ojos los tenía castaños como él.

-Pablo, te tengo dicho que no nos des esos sustos –dijo su madre entre suspiros, con la mano en el corazón.

-Per…perdón. Por cierto, no os he presentado a mi nueva amiga –dijo entonces. Sus dos hermanas se asomaron desde el salón y su padre desde la cocina-. Se llama Patricia. Patricia, estos son mis padres y mis hermanas: Soraya, Pedro, Rosa y Carla –dijo, hablándole a Patricia.

-Encantada –La familia de Pablo repitió el saludo.

-Bueno, y ahora que todos nos conocemos… ¿Qué hemos venido a hacer aquí? –preguntó a Patricia, que lo miró extrañada-. ¡Ah, claro! Ven, sígueme.

Los dos salieron corriendo y subieron unas escaleras que dirigían a las habitaciones. Entraron por una puerta de madera y una pequeña salita decorada con motivos naranjas apareció tras ella. Era una habitación normal y corriente: tenía una mesa de estudio, una cama de sábanas naranjas y una lamparita que proyectaba potente luz. Sobre el escritorio de madera clara había algo semicircular cubierto con un pañuelo azulado.

-¿Es esto lo que te dio Ginkya para mí? –preguntó Patricia.

-Ehm… Sí, creo que es eso –dijo Pablo inseguro.

Patricia cogió el curvado cuerpo y le quitó el pañuelo. Lo que vieron sus ojos no fue algo que ella esperaba ver. Dentro del recipiente transparente se podía observar un ovalado huevo de color marrón con una gran mota parecida a una luna de color beige.

-¿Una…? ¿Una pelota? –preguntó decepcionado Pablo. Patricia lo miró por encima del hombro.

-¿Una pelota? ¿De verdad no te estás dando cuenta de que lo que tengo entre mis manos es nada más y nada menos que un huevo pokémon? En fin… -suspiró- Ya veremos qué nace de él. Bueno, salgamos.

-Menuda suerte tiene esa chica… -susurró la más pequeña, Carla. Sus familiares la hicieron callar. Al ver que los dos chicos de disponían a salir, los miembros de la familia corrieron a hurtadillas al piso de abajo.

-Pues aquí nos despedimos… -dijo Patricia al salir de la casa-. Espero que nos veamos pronto.

-Esto… No sé como decírtelo pero… Yo también tenía pensado salir de aventura con mis pokémon… ¿Te importaría si fuera contigo? –preguntó.

-Pues sí me importa… No quiero que vengas conmigo –Pablo la miró sorprendido y quiso preguntar por qué, pero ella no le dejó-. ¡Es broma! ¡Claro que puedes venir conmigo! -Pablo respiró aliviado.

-Bueno, pues ya que voy a ir contigo, es mejor que te presente a todos mis pokémon –dijo. Cogió dos pokéball de sus bolsillos y las lanzó contra el suelo de asfalto. Un brillo blanquecino echó de las pokéball a dos pokémon. Uno de ellos aún no lo había visto Patricia. Era una pequeña bolita rosa con un par de hojas en su cabeza y ojos ambarinos.

-¿Tienes dos pokémon? Pensaba que solo tenías a tangela…

-Pues ya ves que no –respondió-. Soy un magnífico entrenador y los dos están perfectamente entrenados, ¿verdad?-sus pokémon asintieron entusiasmados.

“Hoppip. Es uno de los pokémon que menos pesa y al no tener muchos huesos es fácil que se lo lleve el viento: así emigran. Las hojas de su cabeza le permiten saber hacia qué dirección va el viento. A veces se reúnen muchos de la misma especie para no salir volando, pero casi siempre hay alguno que se despista”.

-Y este fue uno de esos que se despistó –rió Pablo; a su hoppip no le hizo tanta gracia-. Lo encontré volando por encima de mi cabeza un día de tormenta. Estaba volando a poca altura así que no tuve que dar nada más que un pequeño salto para cogerlo. Si no llega a ser por mí, es posible que le hubiera alcanzado algún rayo.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de los que escuchaban a Pablo.

-Bueno, es hora de que nos pongamos en marcha… Lo primero que tengo que hacer es ir al gimnasio más cercano a pelear contra su líder, pero antes iremos al centro pokémon a que cuiden de mi pokémon. Después de la pelea no está precisamente como nuevo.

-Bien pues… ¡En marcha! –exclamó Pablo, que acababa de meter a sus pokémon en sus respectivas pokéball.

 

Prólogo

 

Patricia es una chica de catorce años, pelirroja, muy alegre y extrovertida que ama a los pokémon y todo lo relacionado con ellos. Su sueño es ser entrenadora pokémon y ser reconocida por toda la región Iburaia y, posteriormente, por otras regiones del mundo.

Esa misma tarde tenía una cita con la profesora Ginkya, una mujer especializada en comportamiento pokémon, muy famosa en la región. Esa mujer, de largos cabellos castaños, también obsequiaba a los entrenadores principiantes con un pokémon, con el cual comenzarán su aventura.

Patricia decidió que ya era hora de ponerse a preparar cosas. Se quitó el pijama, se puso ropa interior limpia y, seguidamente, un vestido azul celeste con detalles amarillos, un mini-pantalón de un tono más oscuro y unas deportivas del mismo color. El pelirrojo cabello, aunque no muy largo, lo dejó suelto. Se miró en un espejo. Era una chica de estatura media, complexión mediana y medianamente guapa. Sonrió y dijo:

-Bueno, no estoy tan mal. Quizás ligue en mi viaje hacia la victoria.

Sacó una mochila amarilla de un armario y comenzó a llenarlo. En la zona más grande cabían cosas más grandes, así que ahí metió la ropa. En un bolsillo un poco más pequeño metió dos bocadillos. Luego pensó que los bocadillos no iban a durar eternamente, así que también echó bastante dinero. En un bolsillo lateral metió dos pociones. En la escuela de entrenadores le enseñaron que estas sirven para curar pokémon malheridos. Además de estas, metió algunas tiritas. En el otro bolsillo lateral metió tres bayas aranja, una baya perasi y otra baya zreza. Estas sirven para curar la salud del pokémon, la congelación y la parálisis, respectivamente.

Ya estaba lista para su viaje, así que se colgó la mochila en la espalda y salió de la habitación, rumbo al laboratorio de la profesora Ginkya.

“Un enorme edificio blanco con grandes molinillos de viento alrededor”, era la descripción que le habían dado de aquel lugar y era lo que ella veía frente a sí. Se giró y vio tras de sí un pequeño pueblo, situado en la falda de unas montañas. Era precioso, con mucha vegetación y con un río de aguas claras y tranquilas que corría cerca de él: pueblo Mancebo, el pueblo en el que ella había vivido desde que nació.

Lo observó unos minutos más y entonces se decidió a entrar en el laboratorio. Tenía una enorme puerta corredera por la que, al abrirse, salió un espectacular resplandor. Ese sitio era realmente maravilloso. Había montones de máquinas extrañas. A final de la sala, Patricia vio otra puerta. Se acercó y escuchó la voz de una mujer.

-…encontrado… fósiles… profunda… extraños… -alcanzó a escuchar detrás de la puerta. Decidió acercarse un poco más pero…

…la puerta corredera se abrió. “Qué fallo…”, pensó. Se puso rígida al ver que en el interior había montones de científicos investigando. Una mujer, de aproximadamente unos cuarenta años, se acercó a ella. Tenía el pelo largo y rubio y los ojos castaños.

-Buenos días, ¿quién eres? –preguntó la mujer, que llevaba puesta una bata blanca como las nubes. De su boca salió la voz que momentos antes escuchó a través de la puerta.

-So… Soy Patricia –respondió con cierto tartamudeo.

-¡Ah! ¡Ya sé quien eres! Tú vienes a por tu pokémon, ¿verdad? –preguntó bastante alto. Patricia se asustó a un poco por el griterío, pero asintió-. Yo soy Ginkya, la profesora Ginkya. Ven, sígueme –Le indicó el camino a Patricia y se acercaron ambas a otra puerta. Al pasarla, Patricia observó que era un lugar pequeño, en el que no se oía nada de lo que había en la otra habitación, con mucha iluminación y con una gran mesa llena de libros, folios con datos y dos grandes ordenadores llenos de información.

-Bien, pues uno de estos será tu pokémon. Charmander, squirtle o Bulbasaur, tú decides –sonrió. Charmander era una especie de lagarto rojizo con una larga y fogosa cola; squirtle una tortuga azul, con un duro caparazón marrón que utilizaba para protegerte de los ataques físicos; mientras que Bulbasaur era una especie de rana verde azulado con un gran bulbo en el lomo de color verde.

Patricia se lo pensó detenidamente. Los tres parecían bastante fuertes.

-Creo que elegiré a squirtle –dijo, finalmente.

La profesora Ginkya metió al pokémon en una especie de bola roja y blanca. Al ver la cara de sorpresa de Patricia, le explicó:

-Esto se llama Pokéball. Sirve para que los pokémon descansen en ellas quedando almacenados dentro. Cuando quieras puedes llamarlos y una luz blanca los expulsará de ella.

>>También te hago entrega de esta pokédex –dijo, a la vez que sacaba un aparato rojo del bolsillo de su bata. Patricia la miró desconcertada de nuevo-. Una pokédex es un aparato que te da información sobre los pokémon, entre otras cosas. También es como una tarjeta de identificación, ya que la necesitarás para presentarse a la liga pokémon de Iburaia.

Patricia comenzó a comprender. Cogió la pokédex que sostenía Ginkya y la abrió.

“Patricia, catorce años. Entrenadora pokémon. Procedente de pueblo Mancebo” –se oyó desde los altavoces de la pokédex. Patricia señaló a la pokéball de su pokémon-. “Squirtle. Este pokémon puede nadar bastante rápido, pero en tierra es algo lento. Utiliza su caparazón para protegerse de cualquier ataque. Puede lanzar grandes chorros a gran presión.”

Una fuerte explosión resonó en los oídos de Ginkya y Patricia y gran cantidad de humo evitaba que se viera algo en aquel lugar.

-¡Adelante, pidgeotto! ¡Remolino! –dijo Ginkya, que lanzó una pokéball al aire y una luz blanca expulsó a un pokémon de ella, que comenzó a batir sus ala y deshizo el humo de la habitación, a la vez que desordenó todo el papeleo de Ginkya- ¡No! ¡Los pokémon… no están! –exclamó, a la vez que volvía a llamar a su Pidgeotto para que volviera a su pokéball.

Efectivamente, bulbasaur y charmander habían desaparecido, pero en su lugar había aparecido un gran agujero en la pared. Ginkya pulsó un botón de emergencia y ruidosas alarmas resonaron en la habitación de investigación. Seguidamente salió de la habitación para advertir a las autoridades.

Patricia sacó de su pokéball a Squirtle y le dijo:

-Han robado a tus amigos –Squirtle la miró extrañada-. Sí, ya sabes… a bulbasaur y charmander –Entonces squirtle comprendió-. Debemos ir en busca de esos gamberros que se los han llevado y darles su merecido. ¿Estás conmigo? –preguntó.

-¡Escuerol! –respondió su pokémon, decidido.

Solo tuvieron que caminar unos diez minutos para encontrar un globo con forma de Meowth escondido detrás de una colina. Se escondió detrás de un árbol y observó que había dos individuos: un chico de pelo azul y rostro hambriento y una chica pelirroja de facciones malvadas. Se paró a escuchar antes de actuar.

-¡Pero James, es que no puedes estarte quieto! ¡Si no hubiera sido por mí no habríamos robado estos dos pokémon! –gritó la mujer, que al parecer tenía muy mal carácter.

-Perdón, Jess. Pero bueno, solo intentaba ayudar –murmuró entre dientes James-. Además, tu Wobbuffet por poco hace que nos descubran con su “¡Woobofet!” –dijo, con algo más de voz, e imitando a uno de los pokémon de Jessie.

-¡Pero no lo ha hecho! –gritó Jessie.

-¡Ni yo! –replicó él.

-¿Queréis dejar de pelearos? Venga, vamos, que tenemos que llevarle al jefe estos pokémon - dijo una tercera voz, pero Patricia no podía ver a nadie más. Entonces vio que en el globo había alguien más. No era una persona, sino que era… ¡un pokémon!

Era un gato que se sostenía sobre sus patas traseras. Tenía los ojos como platos y una enorme moneda en la cabeza.

Patricia apuntó hacia él con la pokédex y la abrió.

“Meowth. Este pokémon tiene la habilidad sacar sus largas uñas cuando se siente amenazado. Es muy hábil y muy escurridizo y a menudo usa su ataque día de pago para beneficiarse a sí mismo o a su entrenador”

Los ladrones se percataron de su presencia al oír la pokédex. Se acercaron a ella muy despacio mientras ella escuchaba entusiasmada lo que decía la pokédex y la atraparon.

-Eres una niña muy mala –dijo con sarcasmo Jessie.

Patricia estaba atada a un árbol mientras veía como los ladrones se iban con los pokémon que habían robado en el laboratorio, con su squirtle y con su pokédex.

-Adiós mocosa, y gracias por tu pokémon y esta máquina –le dijo Jessie, riendo maliciosamente.

-¡No tan deprisa! ¡Adelante, tangela! –exclamó una voz. Patricia estaba aturdida, así que no pudo verle el rostro.

-¡Tangela! –dijo su pokémon al salir de la pokéball. Era una especie de enredadera de color azul y rostro oculto.

-¡Tangela, utiliza látigo cepa y no les dejes escapar! –ordenó el entrenador. Su pokémon obedeció y lanzó sus enredaderas como látigos para sujetar el globo e impedir que subiera más.

-¡Ahora te enseñaré yo! –dijo James- ¡Adelante, Mawile!

De la pokéball que lanzó James salió un pokémon de pequeña estatura, pero tenía una boca que medía el doble que su cuerpo. Era de color amarillo y su mandíbula negra. Al salir de la pokéball se lanzó contra su entrenador y se lo metió en sus fauces. Él se resistía-. ¡A mí no! ¡A ellos, a ellos! ¡Utiliza malicioso!

-¡No le dejes! ¡Usa somnífero! –exclamó el entrenador. Su pokémon comenzó a generar polvos que poco después lanzó contra su enemigo de una sacudida. A todos los ocupantes del globo les empezaron a entrar ganas de echarse a dormir, así que eso hicieron. Como ya nadie manejaba el globo y este no ofrecía resistencia, tangela comenzó a bajarlo con sus látigos.

Cuando el globo ya estuvo en el suelo, el chaval sacó al squirtle de Patricia de la jaula en la que lo habían encerrado, a los otros dos pokémon, que estaban encerrados en jaulas adyacentes y la pokédex de Patricia. Después de esto, el muchacho desató a la chica y le dijo:

-Tranquila, los pokémon ya están a salvo –Tomó la pokédex y se la metió en el bolsillo.

Se dio cuenta de que la chica estaba delirando y decidió llevarla a su casa.

-¿Puedes andar? –preguntó. La chica vaciló un momento y lo intentó, pero le fallaron las piernas y cayó de nuevo-. Bueno, bueno… Ya te sujeto yo.

Cuando llegaron a casa de Pablo, en ciudad Ocote, el chico acostó a la casi inconsciente Patricia y la dejó allí tumbada para que

 

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